
La niña está triste. Todos se fueron, la dejaron a solas con sus pensamientos y su osito de peluche. La niña no llora, porque no le quedan lágrimas. No le importa estar sola, pero hay gente. Parecen felices, niños que ríen, grítan, juegan. Podría acercarse, pero está clavada en el suelo. Los sigue con la mirada. ¿Envidia? Por qué, se pregunta. Qué he hecho para que me castigue sin jugar. Ya no me deja reír ni gritar. No puede. Su corazón quiere, pero hay algo que le impide moverse. Está cómoda en el banquito. Está sola, pero cómoda. En realidad es una excusa. Ella quiere jugar con los niños, pero no le sale de dentro. Si al menos ellos se acercaran... Les ignoraría. Tendrían que insitir. Entonces ella jugaría y reiría y gritaría. Y puede que se sintiera feliz. Aunque fuese una felicidad engañosa, una pseudofelicidad. Cualquier cosa es mejor que estar triste. No, las lágrimas no caen. Todos se fueron. La abandonaron. ¿O fue ella la que se perdió? Mirando las nubes, las hojas, las flores. Se distrajo de lo verdaderamente importante. Y se quedó sola. Odia a los niños. Porque parecen más felices que ella. Su vida parece mejor. Se quedará ahí, agarrotada, odiando de lejos a esos niños felices. ¿Y por qué no se les une? ¡No! Una vocecita en su cabeza. ¿Por qué no? Otra vocecita. Me da vergüenza. No me van a querer. Y me sentiré más triste. Me abandonará también mi osito. No. Me quedaré aquí a esperar a papá y a mamá. Pero niña triste, ellos no vendrán, ni los niños ni tus papás. Te quedarás odiando, envidiando. ¿Pero los niños odian? Pues si esto no es eso, no sé lo que es.
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