sábado, 20 de octubre de 2007

¿Epístola a mí misma? o Sobre escribir

No tengo que explicar por qué escribo, soy una persona libre, responsable de sus actos y acciones, que elige en todo momento lo que hace (aunque me pese). Y escribo porque quiero escribir, elijo hacerlo y lo manifiesto. Aún así explico por qué escribo, porque necesito explicarlo, explicármelo a mi misma, ser consciente de mis ideas, plasmarlas, agruparlas, concentrarlas, aclararlas. Escribo porque lo necesito, desahogarme, volcar mis sentimientos (mis sensaciones y pensamientos son mis sentimientos), mirar con perspectiva mi mundo interno. He ahí la razón de mi alegato. Escribo para mí misma.

Una vorágine de turbulencias sensacionales, ruido, color, saltos del corazón, mareos y necesito una silla. ¿Pero qué pasa ahí dentro? Todos tienen su privado mundo interior. Mas yo no estoy dentro de aquellos, el único mundo que existe es el que yo percibo y manipulo. Tampoco comparto experiencias con ellos, sólo me queda mi yo y mi propio yo, los diálogos (monólogos) eternos entre mis inexactas mitades. Y por eso autocompasión, dosis hiperbólicas de autocompasión; me regodeo (se regodean ellas y discuten por sus absurdas razones creadas por ellas mismas). Y el que quiera entender que entienda. Mi disfrute no es para con los demás sino para conmigo misma. Esta oclusión (que no eclosión, porque yo nunca saldré de mi caja, a menos que un gran carpintero se atreva a intentar desvelarla – no habrá tal…) me duele, sí el cerrojo que puse a la puerta, ahora el cerrajero me pasa la factura. Y yo creo que no hay vuelta atrás. También creo que sí la hay, pero la otra mitad grita más fuerte. No escribo en clave, no me interesa saber que pensarán de mi texto, escribo para mí misma. Convéncete (convénzome).

La evasión de la memoria

Quedan retazos de mi vida pasada, y lo demás ya se difuminó, borró o escapó. Imágenes perdidas, vagan en mi memoria sin nombre ni dueño. Personajes sin rostro me instigan a recordar sus facciones, y no lo consigo. De alguno queda el nombre, de otros ni eso. Y me entristezco pensando que apenas ya me queda un pasado. Restos de agujas y puñales todavía escarban en antiguas heridas, y como flashes repentinos aperecen frente a mí horadando mi alma, a ellos sí quiero olvidarlos. Pero no a la gente que quise, ni los buenos momentos, ni las alegrías, ni los recuerdos que conforman lo que fui. Y aunque los malos momentos me han hecho como soy, en mis últimos instantes no deseo rememorarlos. Si he de morir, moriré evocando el rostro de mi felicidad.