domingo, 30 de agosto de 2009

Hospital Psiquiátrico La Arboleda

Hospital Psiquiátrico La Arboleda


Día 23 de Junio:


“Odio todo. Cerrado, calor, no… Mmm… Qué era eso qué… No…”


Amanece un nuevo día en La Arboleda. Hace calor y no hay aire acondicionado. Qué mejor manera de tenerlos aturdidos, así no necesitan pastillas, es una manera de ahorrar… Sí, sigamos. Amanece un calurosísimo día en La Arboleda. Es raro, porque las mañanas suelen ser lo más fresco. Vale, ya sé qué es (por algo soy el narrador omnipresente) una tormenta de esas que vienen del desierto, pero digo que es raro porque normalmente los dedos de los pies aparecen congelados por las mañanas (…), con lo cual lo contrario es raro o anormal. Vaya ya me estoy saliendo de camino otra vez. A lo que iba, que hace calor. Aún así están los ruidos de siempre, se perciben más atenuados, pero se escuchan, si es que hay alguien ahí para escucharlos… Habitación 206 (o celda 206, porque yo no lo llamaría habitación, ni yo ni sus inquilinos). Esquina del fondo derecha. Ahí está ella, pelo enmarañado, mirada apagada y fija en ninguna parte, pijama blanco. No es capaz de aclarar sus pensamientos, su mente está ocupada por una densa nube que le impide ver sus propias ideas. Sí, hace calor, pequeña, mucho calor. El doctor Hansen entra sin llamar.

- Buenos días Milia, ¿cómo has pasado hoy la noche? ¿Qué tal te encuentras hoy?

-

- Deja que te reconozca Milia.

- ¡No!

- Milia si no te dejas será contra tu voluntad, y eso es peor. Dentro de un rato vendrá la señora Fillis a traerte tu medicación. Espero que no montes el numerito otra vez, porque será peor para ti Milia.

- Deja de llamarme Milia…

- Te llamas así, Milia, querida. ¿No te acuerdas? – el doctor Hansen escribe en su cuaderno.

- Tu no puedes…No tienes derecho, no tienes… Yo no…


Milia… Sí, así la llaman por aquí. ¿No le gusta que la llamen Milia? ¿No se llama Milia realmente? ¿O sólo unos pocos pueden nombrar su nombre de pila?

- Hasta mañana Milia, que pases un buen día


El doctor Hansen se despide y se marcha. Ella se queda sola. Pobre pequeña, está indefensa, y haga lo que haga intente lo que intente todo sigue igual. La habitación, el aturdimiento, el cansancio, el repugnante doctor Hansen. Sí, sabe perfectamente quién es el doctor Hansen. Ninguna pastilla hará olvidar los recuerdos de ese horrible ser. Por qué tiene que aparecer aquí siempre. Por qué no la deja en paz. Algún día se arrepentirá, “querido” doctor Hansen.

jueves, 5 de marzo de 2009

Comienza, ya! Actúa...

Muevete...Aaay no, ayudame...No...( )...Nadie lo hará si tu no lo haces, primero ayúdate a tí mismo...Cómo...( )...( )...Lo sabes... Sí, pero...No hay peros, hazlo... Ffff...Entonces...Ya, ya, pero...( )...Cuando lo tenga...Tendrás que hacerlo antes...Lo haré, lo prometo...De que sirve prometer, si no lo vas a hacer...( )...Deja de balbucear y actúa, nada de promesas, juramentos, actúa, ya, vamos...Luego...Será Tarde, estás perdiendo tu tiempo, gastando tu vida en nada...Nada es decir mucho, es peor, es negativo, no se queda en nulo...Pues actúa...Ya, cómo?...No sé...Sí lo sabemos...Sí, hazlo...Mañana...Será tarde...Qué hago...Empieza ya, tira primero de un hilo, después ya tirarás de los demás...Poco a poco...Sí... Gracias...Tu mismo...

miércoles, 9 de abril de 2008

Canción triste

Es un sentimiento. Una emoción profunda. Como una ola negra, una sombra densa. Se extiende por cada rincón de tu cuerpo, cada punta de cada uno de tus dedos, tu ombligo, tu cuello, cada pelo de tu cuerpo que se eriza. Por tu corazón y tu mente. Y te entristeces. Esa sensación amarga... Ya la conoces. Además de nublar tu pensamiento estimula tus glándulas lacrimales. Y lloras desconsolada y sin causa visible. Esa canción te deprime, ¿por qué no escuchas otra cosa?

lunes, 19 de noviembre de 2007

sábado, 20 de octubre de 2007

¿Epístola a mí misma? o Sobre escribir

No tengo que explicar por qué escribo, soy una persona libre, responsable de sus actos y acciones, que elige en todo momento lo que hace (aunque me pese). Y escribo porque quiero escribir, elijo hacerlo y lo manifiesto. Aún así explico por qué escribo, porque necesito explicarlo, explicármelo a mi misma, ser consciente de mis ideas, plasmarlas, agruparlas, concentrarlas, aclararlas. Escribo porque lo necesito, desahogarme, volcar mis sentimientos (mis sensaciones y pensamientos son mis sentimientos), mirar con perspectiva mi mundo interno. He ahí la razón de mi alegato. Escribo para mí misma.

Una vorágine de turbulencias sensacionales, ruido, color, saltos del corazón, mareos y necesito una silla. ¿Pero qué pasa ahí dentro? Todos tienen su privado mundo interior. Mas yo no estoy dentro de aquellos, el único mundo que existe es el que yo percibo y manipulo. Tampoco comparto experiencias con ellos, sólo me queda mi yo y mi propio yo, los diálogos (monólogos) eternos entre mis inexactas mitades. Y por eso autocompasión, dosis hiperbólicas de autocompasión; me regodeo (se regodean ellas y discuten por sus absurdas razones creadas por ellas mismas). Y el que quiera entender que entienda. Mi disfrute no es para con los demás sino para conmigo misma. Esta oclusión (que no eclosión, porque yo nunca saldré de mi caja, a menos que un gran carpintero se atreva a intentar desvelarla – no habrá tal…) me duele, sí el cerrojo que puse a la puerta, ahora el cerrajero me pasa la factura. Y yo creo que no hay vuelta atrás. También creo que sí la hay, pero la otra mitad grita más fuerte. No escribo en clave, no me interesa saber que pensarán de mi texto, escribo para mí misma. Convéncete (convénzome).

La evasión de la memoria

Quedan retazos de mi vida pasada, y lo demás ya se difuminó, borró o escapó. Imágenes perdidas, vagan en mi memoria sin nombre ni dueño. Personajes sin rostro me instigan a recordar sus facciones, y no lo consigo. De alguno queda el nombre, de otros ni eso. Y me entristezco pensando que apenas ya me queda un pasado. Restos de agujas y puñales todavía escarban en antiguas heridas, y como flashes repentinos aperecen frente a mí horadando mi alma, a ellos sí quiero olvidarlos. Pero no a la gente que quise, ni los buenos momentos, ni las alegrías, ni los recuerdos que conforman lo que fui. Y aunque los malos momentos me han hecho como soy, en mis últimos instantes no deseo rememorarlos. Si he de morir, moriré evocando el rostro de mi felicidad.

sábado, 18 de agosto de 2007

Los Simpson

Como me aburría mucho esta tarde con eso de la radiactividad (interesantísimo tema de mi examen de física), me he puesto a crear monigotes con la página de la peli de los Simpson, y he creado toda una familia! (http://www.simpsonsmovie.com/)